miércoles, 29 de agosto de 2012

El Baile del Progreso

Y pensar que la gran masa de personas sometidas a las presiones ubicuas y sutiles de los polimorfos aparatos ideológicos neoliberales, se dedican, acrítica y ligeramente, a vivir un estilo de vida "moderno", que implica buscar un "éxito personal" siendo un buen engranaje para la explotación de la naturaleza y el hombre y recibiendo un sueldo por ello; no se dan cuenta de que su baile ha sido orquestado de antemano por directores asesinos que ocultan la sangre derramada bajo el guante blanco del progreso ascéptico y pretendidamente universal, mientras la orquesta sigue reproduciendo la fuga de la capacidad de un desarrollo endógeno y sistémico de alternativas civilizatorias, que no obstante, son el eco siempre presente para los que tienen el oído entrenado en captar las voces melodiosas y sufrientes de los hermanos de todos los tiempos y lugares, y sus mundos emergentes, cuyo mensaje es cada vez más audible por todos.

martes, 21 de agosto de 2012

Errores

No me van a creer, pero yo nunca me equivoco con mis relaciones. No cometo errores; son casi puros aciertos. Intentaré explicarlo.

O sea, errores sí cometo, como todo ser humano. La diferencia es que los errores mismos me enseñan a no cometer errores. Los errores son reclamos del mundo o de otros para que haga mejos las cosas. Y los tomo muy en cuenta. Entonces los errores no son errores; son cosas que pasan. Cosas que vas asimilando en tu vida diaria. Cosas que tomas y que miras preguntándote qué quisiste hacer y por qué no funcionó. Te ayudan.

Pero en un momento determinado, ya has acumulado suficientes enseñanzas (ya has acumulado suficientes errores) y ya no necesitas aprender nada más. Entonces, ya no cometes errores importantes, porque ya has aprendido lo importante. Sólo cometes errores pequeños, que intentas corregir sin tanta presión, sabiendo que los grandes aprendizajes ya están logrados.

Por eso al final, no me equivoco en mis relaciones. Y si me equivoco, estoy totalmente dispuesto a escuchar en qué me equivoqué. Por supuesto, las relaciones se construyen y se arman con reglas de las dos o más personas que participan en ellas. Por eso, lo primero que me evita cometer errores es ir lento y empezar suave a conocer a la otra persona. Dejar que se arme el bailecito ese que va a caracterizar a esa relación. Una vez armado, nosotros ya sabemos cuál es el piso sobre el cual nos movemos. Un piso movedizo, como arenas sopladas por el viento del Sahara, pero sobre el cual, al menos podemos navegar a salvo si podemos darnos el tiempo suficiente para ver cómo es ese fluir. Si no tenemos el tiempo suficiente y tratamos de hacer la mejor jugada sin conocer lo suficiente el territorio (el desierto, en este caso), probablemente cometeremos errores. Pero esos son errores forzados, como en el tenis. Y esos me los perdono y me los perdonan. Te ayudan.

Y repito: si me equivoco en algo, que me lo digan. Como no me han dicho nada, tengo todo el derecho a decir que yo no cometo errores. Los errores no existen si no se distinguen.

Por eso me decepciono fácil de los otros; en este caso, de las otras. Yo veo y distingo claramente su error y lo reflejo claro, con toda la claridad que me permiten mis capacidades expresivas. Y no puedo si no esperar que en algún momento reconozcas tu error, o bien, tengas la suficiente entereza como para debatírmelo. Quizás, hay un paso de este baile que no llegué a conocer bien. Quizás hay una cierta armonía oculta, que es clave, pero que sólo se manifiesta a veces, y que no logré escuchar a tiempo. Pero no puedo tenerla en cuenta si no la muestras. Por eso no hay error. ¿Me equivoco? ¿En dónde?

Pero siempre estoy ahí, con mi jodido karma de maestro paciente, dándote alguna segunda oportunidad justa y necesaria para enmendarte y para que corrijas tu error. Estamos acostumbrados a que no haya acierto ni error, sino pura mentira. Esa mentira es pensar que no hay aciertos ni hay errores, que las cosas son de un determinado modo y que nosotros no podemos decir si eso es un error o un acierto. Esa es la gran mentira. Y frente a esa mentira, pongo mis aciertos.

Y los pongo muy ráppido. Zanjo inmediatamente lo que divide a un acierto de un error tuyo. Lo zanjo y lo dejo registrado en mi memoria, que como no es un concepto, sino una disposición corporal, no se olvida nunca, a menos que pierdas tu cuerpo (guiño para Michel de Certeau). Es imborrable ese error tuyo. Por ello, siempre estará ese registro ahí presente para que lo puedas corregir, ojalá oportunamente. Los errores que se guardan por mucho tiempo empiezan a pudrir de errores tu vida. Los demás, despreocupadamente siempre dejan sus errores ahí tirados, igual que la basura, y eso genera descomposición en los alrededores. Si todos dejáramos nuestros errores sin corregir, el mundo sería una porquería, como es una porquería el mundo de quienes han tenido una vida de errores. Por eso, más vale corregir tus errores oportunamente, al igual que recoger tu basura y clasificarla. Por el bien de la humanidad.

Y ahí quedarán, hasta que un evento nuevo los despierte. Aquellos errores que seguirán ahí, como una huella imborrable que pide ser coregida de una vez y para siempre.

martes, 31 de julio de 2012

La voz de tu silencio


Así te escuché. Escuché todas esas determinaciones decididas, seguras, de cómo es que quieres que seamos, de que tenemos que tomar distancia, de que seamos sólo amigos por ahora, de que las cosas están muy complicadas para algo más. Y sigo escuchando y también contándote algunas cosas de mí. Y así se da una conversación nocturna, en donde nos iluminamos con la luz claroscura de nuestras vidas vertidas en ese espacio que está entre nosotros.

Pero detrás de esas palabras estás tú, tu silencio. Y tu silencio también me habla y me cuenta cosas, cosas silenciosas, rumores de hierba que no podrán ser dichas nunca, pero que invitan y que calman como un arrullo. Y es este mensaje el que recibo con más alegría, porque ese silencio tuyo detrás de todas esas palabras lanzadas con aparente determinación, aún en medio de la noche, no son sino distracciones a lo que en verdad escucho en ti. Lo que me dice tu mirada sostenida y tus manos. Esa es la conversación que nunca diremos, ese será nuestro secreto, que por supuesto guardaré tranquilo en algún lugar de mi historia que se cuela entre mis latidos.

Esta voz misteriosa se niega a ser traducida a palabras, pero me gustaría imaginar que entre esos momentos y esos centímetros que separaban nuestras miradas y entre ese calor tibio que había en tus manos se cuela ese llamado a que espere, que no corra, que me quede contigo un ratito más.

viernes, 27 de julio de 2012

Un Año en México


El 25 de Julio pasado, (el día sin tiempo para algunos) cumplo 1 año viviendo en México y de corrido. Llegué acá como pollito amarrado por las circunstancias y ahora resulta que me he convertido en un tremendo gallo, aunque toavía amarrado por algunas circunstancias. En todo caso, he aprendido un montón de trucos estando por acá y, más allá de eso, soy un hombre radicalmente distinto del que salió de Chile.. ¿En qué he cambiado estando acá? Nunca podré dar una respuesta completa a esta pregunta, pero adelantaré algunas cosas.


Salí de mi país y de su burbuja geográfica y epistémica. Al salir de Chile, me doy cuenta de que los chilenos tendemos mucho a creernos los cuentos que nos contamos nosotros mismos. Somos sordos, aunque hablamos fuerte, y ese hablar fuerte contribuye a nuestra sordera.  No sabemos escuchar al compañero de al lado, ya sea con los oídos, con los ojos o con el corazón. Los hermanos del norte me han enseñado a que no puede haber una decisión tomada que te afecte a ti sin antes haberte escuchado. A menos que estemos en guerra, claro. A veces hay que tomar las armas, en más de un sentido. Esa es otra cosa que me han enseñado mis hermanos y hermanas de acá.


Aprendí que aquí muchos te dicen A y nunca te van a decir que de verdad, es B, aunque todos lo sepan, o sea que no para todos es importante la coherencia entre lo dicho y lo hecho. Que se puede vivir diciendo algo y haciendo lo contrario sin culpa y por mucho tiempo, aunque usted no lo crea.


Me doy cuenta de que soy el embajador de Chile en México. No estoy en la embajada allá en Polanco, pero represento a mí país frente a todos los que me han recibido aquí. Me gusta hacerles creer que todos los chilenos hablamos así, que todos tenemos conciencia crítica, que todos apoyamos la autonomía del pueblo mapuche, que todos los chilenos queremos que se le pague la deuda histórica a Bolivia entregándole una salida al mar, que todos los chilenos creemos que las marchas no son suficientes y muchas otras cosas más que en verdad son mías y que lamentablemente, son compartidas por una minoría conciente de ciudadanos y actores sociales de mi país.


Aprendí a sobrevivir con poco dinero. Y a ponerme la misión de erradicar al máximo posible los vínculos de dependencia económica con los llamados "dueños de los países".


Aprendí a domesticar a la burrocracia, aunque siempre está el riesgo de que te sigan jodiendo. Aprendí a valorar lo personal por sobre lo impersonal del cargo y a ganársela a los absurdos sistemas apelando a las sonrisas y a las ternuras de los funcionarios, sobre todo, de las funcionarias.


Tuve que perder a personas y seres a los que amé.


Aprendí a no descartar automáticamente a los mendigos o a los semi-mendigos (a los que les compras algo por lástima); a cruzar las miradas, esperar un par de segundos y a evaluar ahí qué acción puedo ofrecer. Pero sigo pensando que el darles dinero fomenta la mendicidad y que la acción de responsabilidad social podría adjudicárseles a aquellos que tienen más recursos.


Aprendí a tener amigos, pero de verdad. Esto es importante.


Aprendí a relativizar las cosas que no salen bien y que al parecer nunca saldrán bien.


Produje muchos miles de glóbulos rojos para adaptarme a los 2300 m.s.n.d.m. de acá. Sigo trotando y andando en bici.


Aprendí que las diferencias pueden unir y no separar, cuando hay una fraternidad de fondo y cuando no nos paquearnos entre nosotros para ver nuestras desviaciones respecto a normas fantaseadas que nos violentan a todos.


Pasé de ser un chico autista y solitario a tener tantos amigos que no puedo dar abasto para vincularme con todos. Ahora eso es lo que me angustia.


Ahora puedo reconocer que echo de menos a mi mamá y a esas piscolas o ron-colas del veranito en el patio de la casa. Echo de menos lo que puedo enseñarle a la Alondra. Echo de menos seguir viviendo con la Jsefa y la Carlota, a quien extrañaré por siempre.


Aprendí que puedes mandar a la chucha al gobierno, al estado y a toda su estructura y construir tu propio mundo en donde caben muchos mundos. Esto lo aprendí de los zapatistas.


Aprendí que no importa de donde eres, sino hacia donde vas. 


Me he puesto tremendamente intolerante con cosas que son tremendamente violentas y tremendamente incuestionadas.


Sigo pensando que con algunas personas, lo mejor que puedo hacer es retirarme sin decir nada en menos de 10 segundos, como ya lo he hecho en varias ocasiones.


Y así como vamos, me siento preparado para socavar los fundamentos materiales y culturales del mundo en que nací y refundar colectivamente espacios de resistencia, de autonomía y de disfrute.


Un poco así ha sido este año. Gracias a tod@s l@s que contribuyeron a que esto fuera y siga siendo así.

lunes, 23 de julio de 2012

Combustión Espontánea

...Y entonces nos besamos.


No había ninguna regla que no rompiéramos en ese omento. Ningún compromiso que formal o informal que tuviera tanto peso como para no descartarlo automáticamente y en menos de medio segundo. Pareciera ser que, gustosos, mandamos todo al carajo. Toda la historia mía, toda la historia tuya. Todos los impedimentos sociopsicológicos que nos envuelven en sus cadenas semánticas y emocionales. No sé en qué momento lo hicimos porque el tiempo se hizo vapor, vapor aromático de pétalos de no sé qué flor amazónica incendiada por la combustión de eso que supuestamente era una amistad. Amistad inflamable, en todo caso. Amistad a punto de ser sometida a esa pirokinesis intrínseca de algunas relaciones que hacen combustión espontánea y que tienen que ser mojadas constantemente con el agua de algún romance platónico, poético o intelectual.


Que importa. Mañana seremos los mismos nuevamente.