martes, 20 de julio de 2010

Scarlet

A la salida de mi casa la encontré. Estaba ahí en la escalera, una especie de hogar sin hogar. Sola, abandonada. Intentó hablar conmigo pero la extrañeza evitó que tuviera la confianza como para decirle alguna palabra. Hace un tiempo escuché que los vecinos le decían Scarlet.

Cuando fui bajando mi bicicleta por las añosas escaleras, me di cuenta de que ella me seguía. Notaba en ella eso que tu notas cuando viene un vagabundo gritando y pidiéndote algo, una especie de esfuerzo por superar la soledad a gritos, de lograr un puente contigo construido en base a la fragil mirada de dos extraños.

Su pelo largo, sucio, enfermo, no lograba ocultar su "belleza natural", su cierta opulencia potencial. Imagino que si esta niña hubiera recibido los cuidados y atenciones de un hogar, su conducta podría haber sido más humana, más cordial.

Al subirme a mi bici, ya abajo, vi que ella se me aproximaba, como pidiéndome que la llevara, que no la dejara sola. Sentí lo que sientes cuando ves a un niño de la calle, una especie de compasión mezclada con el sentimiento de que no eres tú el que tiene que asumir la responsabilidad por este ser abandonado; el miedo de que una mínima muestra de carño fuera a provocar un apego tan intenso a mi persona que mi partida se volvería intolerable para ella.

Tuve que empujarla de mi lado y conducirla nuevamente a la escalera vieja, ese hogar sin hogar, y cerrar la puerta rápidamente. Antes de partir pude oir su llanto; el mismo llanto de abandono que a veces oía desde el piso de arriba, un llanto fuerte, sin verguenza, ignorado por las personas que lograban oirlo.

Al volver tres horas más tarde y abrir la puerta de madera que lleva a la escalera, salió ella a recibirme con su mirada. Subí la bici mientras le hablaba. Le decía que me siguiera con gestos, a los que ella obedecía. Dejé mi bici en el descanso de la escalera y vi que había un charco de orina. Claro, ella no tenía baño tampoco. Entonces sentí una rabia extraña para un hombre parsimonioso como yo; una rabia contra esos vecinos que le cerraban la puerta a su propia hija, que les daba lo mismo haber encerrado a una niña en ese rincón sin comida y sin baño.

Antes de entrar a mi casa, me devolví a mirarla. Nuevamente su mirada y sus pasos vacilantes hacia mi, como queriendo acompañarme a mi casa, pero con miedo a la extrañeza que nos separa. Traté de hablar en un lenguaje que fuera familiar para ella, a pesar de nuestra evidente diferencia cultural. Me respondió. Así conversamos unos segundos. Sabía que cualquier gesto mío valía mucho para ella, que no tenía nada, así que me acerqué y la acaricié la espalda efusivamente. Ella me abrazó cariñosamente.

No podía hacerla pasar a mi casa, porque las chicas ya me plantearon las cosas claras: "no hay más mujeres que nosotras en esta casa; no queremos que andes por ahí con la puta de la vecina". Respeto su opción, ya conocen lo posesivas que pueden ser las mujeres con sus hombres y lo delirantes que pueden ser sus argumentos cuando sospechan que les salió competencia, aunque tengan todas las de ganar.

Ya hablé con un vecino que no era el tutor de esta gatita. Quiero encontrarme con el otro para que este tipo de escenas no se vuelvan a repetir. Quizás con el tiempo mis niñas puedan hacerce amigas de su vecina Scarlet.

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